EN EL NOMBRE DE LA MADRE
Fue su inspiración, quien marcó su trayectoria deportiva y a quien dedicó los triunfos en la pista. Juan Carlos Ferrero (12/02/1980, Ontinyent, Valencia) tenía 16 años cuando perdió a su madre Rosario por culpa de un cáncer. Dos años antes se había ido de casa para entrenar en Villena, en la academia de Antonio Martínez Cascales, y acababa de proclamarse subcampeón del mundo. Era un número uno en ciernes pero el tenis dejó de tener sentido hasta que encontró la fuerza en una promesa.
Juan Carlos se propuso conquistar Roland Garros para dedicárselo a su madre; también se comprometió a tener un comportamiento ejemplar en la pista, tal y como Rosario le había pedido siempre.
Su padre, Eduardo, lo dejó todo para acompañar a su hijo y cerró la empresa familiar cuyas paredes Juanqui había desgastado pegando pelotazos desde niño. Las expectativas y la presión puestas sobre él eran altas desde muy joven y no decepcionó.
Su carrera fue meteórica. Su incursión en la élite revolucionó el circuito profesional. En 1999, fue nominado el novato del año tras ascender en el ránking ATP desde el puesto 346 al 43. Y eso solo fue el principio porque ejerció una tiranía sobre la tierra batida durante los cuatro años siguientes.
En 2000 hizo historia al conquistar el primer título de Copa Davis para España. Alex Corretja era el número 1 pero la responsabilidad de jugar los individuales en la final contra Australia recayó sobre un joven Ferrero de 20 años. El revés paralelo con el que derrotó a un top ten como Lleyton Hewitt puso fin a 33 años de espera. Fue la primera de las seis ensaladeras ganadas por España (2000, 2004, 2008, 2009, 2011 y 2019).
Ese mismo año, en su primera aparición en el cuadro principal en París, se había metido en las semifinales de Roland Garros donde cayó, tras una épica batalla a cinco sets, frente a Guga Kuerten, tres veces campeón en el Abierto de Francia, y al que derrotaría en la final de Roma al año siguiente.
En 2002 era el gran favorito, el hombre a batir en París, pero Albert Costa le sorprendió en el último partido. Fue un golpe duro del que se tomó la revancha al año siguiente. En 2003, su mejor año, el mejor tenista del momento sobre tierra batida, por fin, hacía realidad el sueño de su vida y conquistaba Roland Garros. Ganaba su mejor y más deseada final en el Día de la Madre.
En septiembre de ese mágico 2003 se convirtió además en el segundo número uno masculino del tenis español, arrebatándoselo a Andre Agassi y dominando el circuito durante ocho semanas. Ese año jugó y perdió las finales del US Open, ante Andy Roddick, y la del Master de tenis, que reúne a las ocho mejores raquetas del mundo, ante Lleyton Hewitt. Ambas en pista rápida.
Estaba en la cima y de pronto desapareció. La mala suerte se cebó con él y sufrió una serie de lesiones inverosímiles, salmonelosis incluida, que supusieron un frenazo en seco en su proyección. Tras varios intentos frustrados, no regresó al circuito con regularidad hasta seis años después. Hasta ese momento había conquistado un Grande y cuatro Masters 1000 -2 veces Montecarlo, Roma y Madrid- y se retiraba en 2011 con un botín de 16 títulos.
Su vida siguió vinculada a un deporte que le reservaba una agradable sorpresa para volver a disfrutar en la élite.
Director de la Academia Equelite, en Villena, la misma en la que se forjó como tenista, dueño del Valencia Open 500 -durante los seis años que se disputó- y de un hotel cinco estrellas, a Ferrero le iba muy bien como hombre de negocios hasta que un niño se cruzó en su camino.
Su apuesta por Carlos Alcaraz
La primera vez que Carlos Alcaraz (El Palmar, Murcia, 05/05/2003) acudió a su Academia tenía 14 años. Por entonces, Juan Carlos había rechazado entrenar a otros tenistas consolidados, como Dominic Thiem, Del Potro, Cilic o Alexander Zverev, con el que no acabó bien por su diferente concepción del esfuerzo y el respeto.
En cambio, el reto con Carlos era mayúsculo. Le permitía dirigir, coordinar y modelar su carrera desde el origen. Se convirtió en su entrenador cuando tenía 15 años y era el campeón de Europa sub16. Una decisión que tomó por razones más allá de su potencial tenístico.
«Aprecio a Carlos como persona, por su humildad y su capacidad de trabajo y por ser altamente receptivo a los consejos»
Juan Carlos Ferrero / Entrenador de Carlos Alcaraz
Juan Carlos vio en Carlos un espejo con el que conectó desde muy pronto y con el que tenía varios puntos en común:
- Unos días antes de que Juan Carlos conquistara Roland Garros, en 2003, acababa de nacer un bebé llamado Carlos Alcaraz.
- Ambos acortaron los plazos y entraron con fuerza en el circuito. Alcaraz pasó de ser el 315 del mundo al top ten en dos años; Ferrero recuperó 300 puestos en su primer año como profesional.
- Ambos llamaron la atención desde niños y superaron la presión mediática.
- Carlos Alcaraz dedicó cada victoria en el Masters 1000 de Miami a la memoria del padre de Ferrero – como éste hiciera con su madre en París-. Juan Carlos, ausente por el fallecimiento de su padre, quiso sorprender y acompañar a su pupilo en la final.
Juan Carlos Ferrero perdió solo 25 partidos sobre tierra batida entre 2000 y 2003 por 111 victorias. Un récord solo superado años después por una bestia como Rafa Nadal, campeón en 21 Grand Slam. Por su precocidad, Carlos Alcaraz deslumbra igual que hiciera en su día el manacorí. Juan Carlos Ferrero pide paciencia mientras se fragua el que apunta será el cuarto número 1 español -el sexto si contamos también, además de a Carlos Moyá, Ferri y Nadal, a Arancha Sánchez Vicario y a Garbiñe Muguruza-.
Carlos Alcaraz quema las etapas a velocidad de vértigo y nadie como Ferrero sabe cómo evitar las piedras que hay en un camino que las lesiones minaron antes de tiempo para él.