Carlos Moyá

HASTA LUEGO, LUCAS

Era un tenista diferente. Rompió con el patrón del jugador español y fue un pionero para las siguientes generaciones. Carlos Moyá (27/08/1976, Palma de Mallorca) descubrió que había un mundo de posibilidades más allá de la tierra batida.

Australia era un lugar inexpugnable para los españoles. Hacía 28 años que ningún español se metía en la final del Open de Australia. Hasta que apareció en escena Carlos Moyá. No fue una cuestión de suerte aunque no pasara de cuartos en sus siguientes visitas a Melbourne.

Ese mes de enero de 1997, Charlie Moyá jugó mucho y muy bien. En Sidney se impuso a un tal Patrick Rafter- campeón del Us Open meses después- y solo Tim Henman, en la final, pudo frenarle. Un adelanto de lo que pasaría días después en el primer Grande del curso.

Ahí, un tipo espigado, de 1,91 cm de alto, un sex symbol que levantaba suspiros en la grada y que se ganó la admiración de los aficionados por su desparpajo y por la precisión y la espectacularidad de su tenis. En un potente servicio y una derecha explosiva y dominadora cimentó este joven de 20 años la clasificación para su primera gran final. Tomaba el relevo de Andrés Gimeno, el único español, en 1969, que había llegado hasta entonces a la última ronda.

La final no tuvo misterio. Moya se midió a un número 1 como Pete Sampras, que perseguía su noveno Grand Slam- de los 14 que conquistó al final de su carrera- y que resolvió el choque cómodamente por 6-2, 6-3 y 6-3. Charlie no compitió, quizá por un excesivo respeto hacia su rival en pista dura- al que sí derrotó en la misma superficie en la segunda vez que se vieron las caras- o quizá por la sensación de haber colmado sus expectativas simplemente con estar.

Ese día donde sí estuvo brillante fue con el micrófono en el discurso de agradecimientos al replicar a Chiquito de la Calzada con su «¡Hasta luego, Lucas!», que puso el colofón a su primera cita con la historia.

El Open de Australia supuso un punto de inflexión en su carrera, en popularidad y tenisticamente. No ganó pero su vida dio un giro de 180 grados. Porque más allá de la anécdota, el torneo de Carlos Moyá fue memorable.

En su camino a la final remontó y superó en cinco sets a Boris Becker, y también, a Jonas Bjorkman, dos especialistas en pista rápida; y tampoco le tembló el pulso para eliminar en semifinales, por la vía rápida, al entonces número dos del mundo, Michael Chang. Fuera de su zona de confort, la tierra batida, Charlie comprobó que tenía nivel para competir contra los mejores, es más, el lunes 27 de enero de 1997, ya se codeaba con ellos también en el top ten.

1998 fue el año de su confirmación en la élite. Charlie conquistó su primer Master 1000 en Montecarlo y el único Grand Slam en su vitrina: Roland Garros. Además, jugó las semifinales del Us Open y la final del Masters -que perdió ante Alex Corretja después de ir ganando por un doble 6-3; la gran decepción de su carrera.

El primer número 1

Carlos Moyá tocó techo el 15 de marzo de 1999. Ese día volvió a hacer historia al convertirse en el primer número uno masculino de nuestro país. Aunque aguantó solo dos semanas en los más alto el español seguía superando hitos.

El saque y la aceleración de su derecha fueron clave en su éxito. Por ahí dominaba a los rivales. Se cubría el revés para llevar la iniciativa con su mejor golpe y era muy rápido e intuitivo para recuperar el espacio que dejaba a su derecha. Otra virtud, además de la movilidad y, que le diferenciaba del resto de compatriotas, era su calidad para subir a la red a volear. Carlos Moyá era un tenista de ataque desde la línea de fondo con un plan B lejos de ella e igualmente talentoso.

Charlie, por condiciones, podía haber marcado una época si se lo hubiera propuesto seriamente. Pero su ambición pasaba por ganar un Roland Garros, no diez; una Copa Davis, como hizo en 2004, no una colección; Era el rebelde, que se quedó sin causa, de nuestro tenis.

«Mi carrera fue lo que yo quise que fuera, preferí ganar menos y vivir más»

El Mundo. 15 de noviembre de 2021

Su cosecha fue de 20 títulos, cuatro de ellos sobre pista dura, incluido el Masters 1000 de Cincinnati, uno de los tres que conquistó junto al de Montecarlo y al de Roma.

Ídolo y amigo de Rafa Nadal

Desde 2017, Carlos Moyá es el hombre detrás de la sombra de Rafa Nadal. Su entrenador desde que Toni decidiera dar un paso atrás y centrarse en otros proyectos. Juntos han conquistado siete Grandes fraguados en una amistad de 20 años, que se inició cuando Rafa era todavía un niño.

Que los dos provinieran de la misma isla, Palma de Mallorca, facilitó el primer contacto. Charlie era un jugador top y Rafa, un chaval tímido de 14 años que buscaba seguir sus pasos. No era capaz de aguantar la mirada a Carlos aunque todo cambiaba cuando la red mediaba entre ellos.

Charlie adoptó a Rafa. Peloteaban juntos y ejerció de tutor en el circuito. Había diez años de diferencia entre ellos, mucha vida y mucha carretera.

«Charlie es un perro de primera categoría»

Rafa Nadal. Cadena Cope.

Carlos Moyá se las sabía todas y Rafa era su diana perfecta. Gloriosa fue la broma que le gastó, por ejemplo, una madrugada en un hotel de Nueva York. Ambos querían ver a Alonso y la Fórmula 1. No lo daban por TV pero Charlie le hizo creer que él sí la estaba viendo y que preguntara en recepción por un special remove, un mando especial que habían utilizado en su habitación para poder seguir la carrera. El inglés de Rafa era muy malo entonces pero no paró de insistir una y otra vez hasta que se dio cuenta, cuando la carrera estaba a punto de terminar, de que todo era una tomadura de pelo.

Primer enfrentamiento

La primera vez que se enfrentaron en un partido oficial fue en Hamburgo en 2003. Rafa tenía 16 años y Charlie era el quinto del mundo. En los partidillos que jugaban de entrenamiento siempre ganaba Moyá pero ese día otra leyenda iba a empezar a escribir su propia historia.

«Me quitó la silla primero y luego el partido»

Rafa salió el primero. Los banquillos estaban asignados y no se dio cuenta. Ganó ese primer partido y en la red pidió perdón a Carlos. Su abuela Isabel incluso le echó la bronca:

«¿Cómo se te ocurre ganarle a Carlos con lo bien que se ha portado siempre contigo?»

Carlos ganó a Rafa en dos de las ocho veces en que se vieron las caras. Por entonces ni se imaginaba que ese chaval sería hoy el mejor jugador de la historia del tenis y que trabajarían juntos.

Uno de los días más tristes para Rafa fue la marcha del circuito de su amigo y mentor en noviembre de 2010. Charlie se había operado en la cadera en 2009 y desde entonces había ganado solo cuatro de los 17 partidos que había disputado. Carlos Moyá se despidió de la misma manera que hiciera en Australia 14 años antes, cuando se inició su historia.

Charlie es un grande porque así lo quiso y porque prefirió disfrutar de la aventura de vida que le ofertaba el tenis.

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